lunes, 06 de abril del 2020

Carta al Niño Jesús

1:50 pm
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Por: Luis Eduardo Martínez

Querido Niño Jesús:

Seguramente te sorprende que te escriba después de tantos años.

¿Cuándo deje de hacerlo? No lo recuerdo con precisión pero supongo fue cuando alguien en el patio de la escuela con aire de sabelotodo proclamó a quienes le escuchábamos que tú no existías y entonces ante la duda que sembró llegada la noche del 24 aguante sin dormir hasta que vi a mi mamá colocar a los pies del árbol de navidad –que en casa era una rama que pintábamos de blanco con almidón adornada siempre con las mismas bolas rojas- el juguete que te había pedido.

De nada sirvió la cariñosa explicación de la mía que las mamás te representaban en cada hogar en nochebuena porque era imposible que tú visitaras todos: era cierto, no existías.

Pasado el tiempo, cuando fueron mis hijos los que te escribieron entendí cuan equivocado estaba y que en la ilusión y la inocencia de cada uno de ellos eras hermosa realidad.

Me imagino rascándote la cabeza después de leer las primeras líneas mientras musitas: “y este descarado ¿qué me va a pedir?”.

Pues sorpréndete para mi nada, pero si infinitas gracias porque tú y tú madre, mi venerada Vallita, me han dado tanto: una vida larga y saludable hasta hoy, una bella familia, buenos amigos y amigas, oportunidades a montón, muchas satisfacciones y alegrías.

Nada para mí, Niño Jesús, pero por favor, presta atención a una lista quizás larga de peticiones que de seguida te haré, confiando en ti, creyendo en ti:
Te pido por los niños y niñas de Venezuela en especial por los que pasan hambre, por los que escarban entre la basura en búsqueda de que comer, por los que no van a la escuela por falta de zapatos, por los que duermen entre cartones mientras las plagas le azotan, por los que no conocen a su mamá porque un malandro se la arrebató, por los que no saben lo que es el amor de una familia, por los que a estas horas padecen enfermos en la imposibilidad de ser atendidos, por los que necesitan de medicinas que no se consiguen o no pueden comprarles, por los que no saben lo que es un estreno, por los que son maltratados, sodomizados incluso.

Te ruego por los niños y niñas que con un termo de café se ganan unos pocos soberanos para llevar aunque sea mendrugos a sus hermanos, que cuidan carros o en las puertas de sitios caros extienden la mano en pos de ayuda antes que los espanten. Por los que a esta hora esperan aterridos de frio junto a los suyos en Rumichaca, puesto de entrada a Ecuador, tras varios días en bus, camión, caminando, desde Caracas a San Cristóbal, puente Simón Bolívar, Puerto Boyacá, Pasto, dejando atrás Colombia, y por delante Tulcán, Guayaquil, Tumbes, hasta Perú o más lejos aún Chile, o por aquellos que amanecerán en una plaza de Boa Vista o navegan en una frágil embarcación rumbo a Aruba, Curazao o Trinidad, por tales que son decenas de miles que se han marchado en búsqueda de una tierra donde puedan crecer tranquilos.

Te imploro por los niños y niñas de familiares presos por disentir, exiliados por procurar un país distinto, de los que han muerto en la lucha por una nueva nación.

Te lo suplico Niño Jesús, dale a cada niño y niña de Venezuela el mañana que merecen, el que pareciera que nosotros los adultos venezolanos, por nuestras mezquindades, ruindad, cobardía, flojera, no somos capaces de garantizarles.

Y que Papá Dios los bendiga.

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