sábado, 08 de agosto del 2020

Cuídense por Dios

11:04 am
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Un buen amigo que se vio obligado a marcharse de Venezuela,  por sus convicciones, agoniza en Bogotá. Otro, más bien un hermano, lucha contra el coronavirus internado en Caracas. La hija de mi vecina, residente de posgrado en un hospital de Texas, veinteañera apenas, enfrenta el virus confinada como confinados están sus compañeros de departamento contagiados todos.

 

De familiares del amigo en Bogotá nos llega un WhatsApp: “ Su estado de salud es muy delicado; en estos momentos está presentando falla multiorganica, es decir tiene varios órganos afectados  como lo son: proceso infeccioso en los pulmones, falla en el corazón, en los riñones, en el sistema circulatorio que le producen alteraciones en las cifras tensionales. El pronóstico es muy pero muy reservado. Oremos mucho por él”.

La esposa del interno en Caracas responde mis varias llamadas y mensajes de voz: “No puede hablar por las terapias respiratorias. Le estamos pidiendo a José Gregorio Hernández porque salga bien de esto”.

Mi vecina me explica que su muchacha ya cumple una semana desde que le diagnosticaron el COVID19; que si bien se siente mal evoluciona favorablemente. Oramos por ella le digo.

Escribo estas líneas en la madrugada de lunes. Ayer como acostumbro redacté mi columna semanal titulándola “5 de Julio”. Comenté sobre una fecha para nosotros importante que se celebraba de una manera suigeneris: “sin desfiles ni discursos llenos de lugares comunes”  por el decreto de alarma. Al final de la tarde oí un audio de la gobernadora de Monagas –paso estos meses en mi casa de Maturín- en el cual explicaba de las restricciones para la semana de cuarentena radical que se iniciaba a las 12 de la noche: “Porque te queremos te cuidamos. Ayúdame a cuidarte, Quédate en tu casa” concluyó su mensaje. Minutos después fue el anuncio de 419 nuevos casos, la cifra más alta por día desde que se iniciaron los reportes y de la extensión del esquema 7 + 7 por lo que resta del 2020.

Dormí mal y al levantarme leo, por internet, prensa nacional y extranjera. El gran titular de El Nacional  “¿Por qué el coronavirus en Venezuela podría ser una versión más infecciosa que la original?”, subtitulado con una breve explicación de Alberto Paniz Mondolfi, médico microbiólogo venezolano del Hospital Mount Sinaí de Nueva York,  “Los virus no conocen de fronteras, no los detiene una alcabala, son la manifestación más sencilla de la complejidad evolutiva”  acrecienta mi preocupación y echando a un lado “5 de Julio” comienzo a teclear una nueva versión de mi artículo de la semana.

Se calcula que un tercio de la población mundial, 500 millones, se infectó de la denomina gripe española en los años finales de la primera guerra mundial. En la Venezuela de entonces se estima que fueron las dos terceras partes de dos millones y medio de habitantes, muriendo unas 80,000 –léase bien ochenta mil de dos millones y medio-. De la epidemia nadie estuvo a salvo: Ali, el hijo preferido del dictador Juan Vicente Gómez, fue una de las víctimas en Caracas.

A los primeros brotes de la gripe española la gran mayoría la desestimó. El propio presidente encargado Ignacio Andrade envió un telegrama a Gómez, el 16 de octubre de 1918: “…la novedad que han comunicado de la epidemia es exagerada…sólo hay un catarro que dura dos días…”.

Lo que veo es que muchos por aquí no le paran a las señales y disposiciones para contener al virus. He sabido de unos cuantos “coronaparty” –así los llaman en una muestra de lo ilimitado de la sifrinería criolla- , de las colas en bancos y estaciones de gasolina sin ningún distanciamiento, de calles atestadas, de chamos “aburridos” que se agrupan sin ningún cuidado, de autobuses a reventar como siempre, de jugadores de truco y dominó en las veredas y de respetables señoras fumando narguile, o shisha les gusta más? mientras apuestan unos dolarillos a la canasta.

De lo tanto que circula en las redes de vez en cuando nos encontramos con algo útil: “El COVID19 es un juego hasta que te pega a ti” leí hace poco o a unos de los tuyos agregaría yo.

Nadie dice que es fácil pero peor es ser parte de una estadística de fallecidos, morir solos y con grandes dolores porque así mueren los afectados por coronavirus y enterrados a la carrera sin que ni la familia pueda acompañarles.

Es en serio: cuídense por Dios.

Por: Luis Eduardo Martínez 

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