sábado, 16 de noviembre del 2019

Depravocracia

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El mundo siempre ha sido regido por la depravación. Jeffrey Epstein reunió a la crema de la crema mundial en sus fangosas orgías con menores de edad: mandatarios, magnates, príncipes y celebridades. El más conspicuo Donald Trump, claro, siempre el alma de las fiestas de la gente bella del mundo, the beautiful people. El más más más. Y Richard Branson, el millonario pedófilo del concierto cucutense amigo de Guaidó, ¡sabor!

En la Antigüedad las bacanales se oficiaban en honor a Baco, un dios influencer porque lo era de la fertilidad y el vino, o sea, en esas fiestas religiosas los excesos eran beatos.

Según Roger Caillois la guerra y la fiesta comparten la misma arquitectura. Ambas irrumpen en la placidez cotidiana para sumergirnos en la desmesura. Lo prohibido se vuelve obligatorio, como matar. En la fiesta se baila por la calle, que está hecha más bien para caminar lo más circunspectamente posible, salvo los contoneos y tongoneos, que precisamente invitan e incitan al relajo. En la bacanal el orden y el concierto están mal vistos y son por tanto reprimidos.

Lo sabían bien Jeffrey Epstein y socialite británica Ghislaine Maxwell, su amante, confidente y asistente. Sus vidas eran una orgía sin fin y hasta en su muerte Epstein dejó un desorden porque hay dudas razonables sobre el suicidio que canta la versión oficial. Como también se canta la muerte “accidental” del padre de la Maxwell, hallado sin vida en Canarias, cabe su yate Ghislaine, llamado así por su hija, con quien el millonario británico siempre tuvo una relación muy especial.

Las altas finanzas, las sublimes esferas políticas, los pontífices, la elevada farándula siempre han desabrochado sus instintos. Detestan los límites. Tienen con qué pagar sus caprichos más estrafalarios. Tienden a vivir en la hibris, la demasía y la depravación. ¿Para qué riqueza y poder si no es para el abuso y la transgresión? Pasa hasta en las mejores familias y sobre todo en ellas.

Lo más divertido son las contorsiones ideológicas para disimular todo eso y de paso condimentar la parranda. Y silenciar rastrojos y orgías cucuteñas.

Otro francés, Edgar Morin, ha dicho que somos homo sapiens, pero también homo demens y homo hystericus. Quien más, quien menos. Humanos, demasiado humanos.

Por: Roberto Hernández Montoya


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