sábado, 07 de diciembre del 2019

El diente roto

11:03 am
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Por: Luis Eduardo Martínez Hidalgo

“Lo que más me preocupa y me duele es que no encuentro en el sentimiento popular la misma reacción entusiasta, decidida y fervorosa por la defensa de la democracia que caracterizó la conducta del pueblo en todos los dolorosos incidentes que hubo que atravesar después del 23 de enero de 1958”. Rafael Caldera en el Congreso Nacional el 4 de febrero de 1992.

El pasado domingo en la mañana me llegó un SMS en el cual informaban que en ese momento estaban deteniendo a Juan Guaidó. Aún las redes no habían estallado y ante la incertidumbre decidimos llamar a Fabiana Rosales, la esposa del joven presidente de la Asamblea Nacional, quien atendió al primer repique y confirmó a Larissa lo que hasta entonces era rumor: “Ibamos bajando hacia el cabildo abierto en la Guaira y en la autopista nos interceptaron dos camionetas del SEBIN con funcionarios completamente armados, con armas largas, encapuchados, abrieron la camioneta y lo obligaron a bajarse. Nos dijeron que debían llevárselo detenido inmediatamente” comenzó diciendo para luego agregar más. Minutos después la noticia se viralizó y cuando aún no salíamos de nuestro asombro por tanta maldad, la misma Fabiana, por WhatsApp, nos hizo saber que lo habían liberado y que estaban juntos.

Podríamos elucubrar un sinfín de teorías de porque lo detuvieron, porque lo soltaron rato después, quien dio la orden y quien la contraorden, que buscaban pero no es tal lo que ahora me angustia. Vi un video, como muchos, donde se mostraba aunque a la distancia la detención de Guaidó. Salvo la expresión “que lacreo” dicha para el teléfono que grababa, no hubo un solo gesto visible, de los ocasionales testigos, de solidaridad con quien hoy, junto a los restantes diputados a la Asamblea Nacional, representan una esperanza de cambio para el bien común.

Pedro Emilio Coll relata la historia de Juan Peña que fue diputado, académico, ministro y casiPresidente de la República,sin decir ni pio, ocupado como estaba acariciándose su diente roto en una pelea infantil, con la punta de la lengua.

Me niego a creer, aunque hay demasiadas señales, que el pueblo venezolano sea dominado hoy por el “Síndrome del Diente Roto” y sin decir ni pio la gran mayoría pretenda que termine esta tragedia.

Madres cuyos hijos se han marchado del país, viudas cuyos maridos los ha asesinado el malandraje desatado, hijos cuyos padres han muerto por falta de asistencia en el colapsado sistema de salud, profesores y maestros que no ganan para pagar el pasaje, trabajadores cuyos salarios no le alcanzan para comprar un kilo de cebollas –¿Estoy mintiendo? ¿Cuánta cebolla puede comprarse con un salario mínimo?-, vecinos a los cuales no le recogen la basura por meses, no les llega agua por semanas, pasan días sin electricidad, empresarios cuyo esfuerzo de años se esfuma por la hiperinflación, hasta supuestos líderes politicos, soportan silentes tanto padecer, esperando que otros hagan lo que en colectivo debemos hacer.

A raíz de la sublevación golpista de Hugo Chávez, en palabras que inician estas líneas, Rafael Caldera expreso su preocupación por la falta de “reacción entusiasta, decidida y fervorosa por la defensa de la democracia”. Ahora no se trata de defenderla sino de rescatarla y con ella la calidad de vida común y es indispensable insuflar ánimo para que millones motivados, decididos, sin miedo, hagamos posible una nueva nación.

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