martes, 25 de febrero del 2020

Fabiana y Gustavo

11:48 am
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El pasado sábado, en la hermosa Catedral “Nuestra Señora del Carmen” de Maturín se casaron mis hijos Fabiana y Gustavo –uso el plural porque desde ese día Fabiana es hijatambién-.

Fue una emotiva ceremonia que buenos amigos, Agustín y Samael, oficiaron en el marco de un sinfín de emociones y encuentros.

Frente al altar, tan cercano al lugar de reposo de Monseñor Antonio RamírezSalaverría, obispo por siempre de la ciudad, Fabiana y Gustavo afirmaron aceptarse como legítimos esposos y prometieron  ser fieles “en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad” y amarse y respetarse por todos los días de su vida.

Mateo 19:5,6 recoge palabras de Jesús a los fariseos en recorrido por la región de Judea al otro lado del Jordán: “Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”.

Fabiana y Gustavo son ahora uno solo y quienes les amamos no guardamos dudas que así continuarsiendo.

Nuestros hijos son monaguenses; aquí nacieron pero Gustavo se ausentó niño. Durante años compartió obligado destierro creciendo a la vuelta en la vecinaLecheríadonde nos radicamos. Estudió en Estados Unidos –que orgullo recuerdo cuando se tituló en la misma universidad que yo- y luego marchó a continuar formándose en Hong Kong, Shangai y Madrid. Se incorporó con nosotros en MAU y recorrió incansable el continente reclutando estudiantes hasta que tiempo atrás,  solidario con Papá y Mamávino a Monagas y Delta Amacuro para apoyarnos en esa aventura de alto riesgo que es procurar una Venezuela distinta.  No sé cuando se tropezó con Fabiana pero ella lindísima le conquistó. Hija de una respetable y apreciada familia local, los Núñez Bonaiuto, es la esposa ideal que cualquiera padres quisiera para sus hijo: profesional, gentil, desbordando simpatías y afectos, sin remilgo para el trabajo. Por si fuese poco, es nieta de una mujer extraordinaria –Ana- a quien mucho quise y cuya casa fue mía cuando muchacho llegué a la UDO y sobrina-nieta de Luis Alfaro Ucero a quien después de Mamá y Larissa y con Arístides Maza Tirado debo mucho de lo que soy.

El azar primero, el amor después, unieron a Fabiana y Gustavo; ahora la dedicación y la perseverancia les permitirá forjar un hogar que confiamos exitoso.

La pasada semana mi columna se denominó “Nos se vayan”; un llamado a los venezolanos a no marcharse del país. Rogué con propiedad predicando con el ejemplo que ahora refuerzan Fabiana y Gustavo, que a pesar que como nosotros pudieran largarse, se quedan haciendo familia en Venezuela.

Me correspondió hablar en representación de los padres en el encuentro que siguió a la ceremonia religiosa; cerré con una vieja lectura originalmente en italiano: “El verdadero amor se manifiesta en pequeños gestos, en miradas de espera, en caricias inesperadas, en la presencia silenciosa que dice más que mil palabras”. Que no lo olviden jamás.

Por: Luis Eduardo Martínez

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