sábado, 28 de marzo del 2020

Gringos si; criollitos no

11:05 am
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Concluyo mi caminata de domingo en el Whole Foods Market del Downtown de Miami adonde llegué anoche para trabajar en la semana en MAU que no conoce asueto por carnaval. Un frente frio barre la ciudad y nada más oportuno que un cortadito cubano que a decir “te hace salir pelos en el pecho”.

Mientras disfruto el café curioseo The Washington Post y  casi me cacheteo por si estoy soñando cuando leo en titular: “Pompeo announces understanding between US and Taliban”.  Pienso es una broma pero no es fecha de los inocentes que por aquí tampoco se celebra. Traduzco palabra a palabra y literalmente es: Pompeo anuncia entendimiento entre Estados Unidos y los Talibanes y entendimiento en buen castellano es acuerdo.

Navego por varios medios topando con una declaración del papá de los helados en The Wall Street Journal: “Trump Says Good Chance of Deal With Taliban” o sea: Trump dice buena oportunidad de negociar con los Talibanes.

Sin salir de mi asombro continuo buscando información y entonces me entero que el 29 de Febrero se prevé suscribir un acuerdo de paz entre Estados Unidos y los Talibanes después de un año de conversaciones, o sea de diálogos, en Qatar. De lo poco que aún no se ha decidido se especula en cual lugar se firmará, señalándose que podría ser en los jardines de la Casa Blanca o en Mar-a-Lago, la lujosa propiedad del Presidente en Palm Beach. Me pregunto: ¿Y si a alguno de la delegación Talibán le  gusta el golf, al terminar ¿jugarán unos hoyitos?

El 11 de Septiembre de 2001, trabajaba y estudiaba en Estados Unidos. Temprano hacia day trading para una corporación llamada “Dinero Latino” y al cerrar el mercado corría a mis clases del MBA en UM.  Revisaba el desempeño de las Bolsas de Asia-Pacifico y Europa, que habían abierto horas antes, esperando la apertura de la de New York, cuando alguien gritó y de inmediato todos los que nos encontrábamos en la sala de control miramos hacia los monitores: un avión se había estrellado contra una de las torres del centro mundial. Frente a las pantallas mientras se comentaba que era una avioneta accidentada observamos horrorizados cuando un segundo avión se aproximaba a la otra torre y estallaba en llamas y humo al chocar contra el edificio. Luego fue la locura: anunciaron que un avión más había impactado el Pentágono y se hablaba de varios que se dirigían a distintos objetivos. De pronto sonó la alarma y ordenaron desalojar las oficinas. Cuando salí a la calle miré a decenas nerviosos escudriñando el cielo. Logré comunicarme con Larissa quien en voz preocupada me dijo que se dirigía al colegio a buscar a nuestros hijos porque habían suspendido clases.

Camino a mi casa de entonces, oí por radio al Presidente Busch advertir, desde una escuela en Sarasota, que se enfrentaba una tragedia nacional tras un ataque terrorista. No más entrar pude ver en TV como la Torre Sur se desplomaba. La Norte aún se mantenía en pie y de las escenas más impactantes recuerdo la de desesperados que se lanzaban desde los pisos altos a una muerte segura. Al final, el balance de fallecidos superaría largamente las 3,000 víctimas.

Osama Bin Laden, jefe del grupo islamista Al Qaeda, fue rápidamente identificado como el responsable de los ataques; la CIA lo suponía en Afganistán, bajo la protección de los Talibanes islamistas radicales que controlaban buena parte del país. Ante la negativa de entregarlo, Bush se plantó en el Congreso y ante unas cámaras que le aplaudían de pie, urgió una declaración de guerra contra Afganistán. Una frase de esa intervención me dio vueltas por la cabeza y tras buscarla la ubiqué: “Estados Unidos no hará distinciones entre los que cometen los ataques y aquellos que los cobijan”.  Un mes después comenzó la ofensiva. Desde entonces han pasado casi 19 años.

La guerra de Afganistán ha durado —por ahora— tanto como la guerra de secesión norteamericana, la primera y segunda Guerra Mundial, las de Corea y Vietnam juntas. El conflicto ha costado —por ahora— un billón de dólares. Y, por ahora, han muerto centenares de militares estadounidenses –de los 100,000 que han sido enviados a combatir- y miles de afganos. Se han lanzado más bombas sobre aquel país que en cualquiera de las guerras anteriores. Por ahora.

Resulta que por ahora después de los atentados del 11 S, diez y nueve años de guerra y uno de dialogo y negociaciones se está a punto de rubricar la paz.

Yo pregunto a tanto imbécil y a tanta imbécil ¿o será imbecila?–para no hacer un uso sexista del lenguaje- que se erige como Torquemada en la oposición venezolana: ¿por qué los del norte si pueden conversar, dialogar, entenderse, negociar, acordarse, para alcanzar la paz en una tierra lejana y los criollitos no para evitar una nueva versión de la guerra federal en el norte del sur? Entonces,  los que proclaman la necesidad de evitar a todo evento en Venezuela una confrontación fratricida son colaboracionistas pero los chivos del Imperio no cuando sus intereses le llevan a sentarse con bastardos asesinos? Menos mal que se pegaron a Bin Laden porque hubiese sido como mucho verlo subir las escalinatas del Lincoln Memorial tocado con su Kufiyya para después comerse un hot dog a las puertas del 1100 de Pennsylvania Avenue.

Por: Luis Eduardo Martínez 

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