lunes, 06 de abril del 2020

La Navidad de los refugiados

2:44 pm
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Por : Rafael del Naranco

No son los años que parecen irse en desbandada, somos nosotros. Ellos quedan ahí, hasta el definitivo final, mientras hacen su cometido que no es otro que acompañarnos en esa diatriba en que se convierte la vida.

Creemos recordar que ha sido Pitágoras quien dijo que el tiempo es un alma que arropa nuestra existencia, y con ella -diríamos hoy ante la actual Venezuela- la huracanada situación de un régimen sin brújula, que ha perdido los caminos del bienestar.

Estamos ante otro diciembre que se nos va y con él un embrujamiento que envuelve estas fechas, siendo enternecedoras para unos, mientras se vuelven despiadadas sobre la mayoría de compatriotas que se hallan repartidos desde la frontera de México a la Patagonia.

Siempre, desde niño, el escribidor ha sentido un embeleso por estos aires bucólicos. Son momentos arremolinados donde los seres humanos parecen más nobles, y los días suaves y calmosos. Posiblemente sea una quimera no demolida aún por la edad, pero estas celebraciones tienen algo íntimo y las saboreamos con placer.

No importa que los buhoneros anárquicos impidan pasear por las calles y la basura se apile, ya que de manera misteriosa el ánimo que resurge en estas fechas parece imperecedero.

Aquí en España –tierra en la que hago posada– llega el invierno y la natividad, cobijada entre abedules, pinos, castaños y álamos blancos, inunda la península.

El mar Mediterráneo nos cobija hoy como hizo el Caribe en días de luminiscencia y esperanzas ahora marchitas. Sobre aquellas aguas llegaron a estas costas iberos, celtas, tartessos, romanos, cartagineses, árabes… pueblos envueltos en cántaros de aguamiel, poesía, almendros, aceitunas y trigo. Igualmente brisas cantarinas, baladas que ayudaron a levantar las piedras de Cartago, los muros de Creta y sembrar el azafrán de los sembradíos de Trípoli, con los almenares color carmesí de la Alejandría de Lawrence Durrell.

Cada ola del Mediterráneo es un narrador de historias empujadas por un viento cambiante moteado con diversos nombres. Ahora es mistral, más tarde tramontana, al cruzar las columnas de Hércules entre Gibraltar y Ceuta, lo llaman vendaval y con esa ventolera se va convirtiendo un poco más allá en levante, siroco o jazmín, mientras cada uno de esos céfiros ha ido marcado la dolorosa tragedia de los emigrantes, un drama doliente que desgraciadamente Venezuela, que siempre ha sido a lo largo de su historia receptor de expatriados, refleja ahora en sus propias carnes la odisea de tener que ver salir de la tierra amada a cientos y cientos de compatriotas. Jamás el país en su historia ha padecido esa lacra que hoy es reflejo quejumbroso de la desmesurada acción política del régimen actual.

En estas navidades criollas se volverá a representar la catástrofe inhumana de más de dos millones de compatriotas –el éxodo más grande de nuestra historia– arrastrando pies, angustia, soledades, anhelos rotos y miedos, en busca de protección y auxilio. Algunos, muy pocos, han regresado, al ser la expatriación la angustia encarnizada cuando su tierra de nacencia, hendida y quejumbrosa, abandona a sus hijos a las tempestades del desarraigo.

Renunciar a la heredad que nos vio surgir es una de las fatalidades difíciles, por no decir imposibles, de asimilar. Y es que la penuria de ahora mismo, hincada en el desbarajuste social que impera y azota la nación, hace que hasta el aliento del exiliado posea sabor a sangre coagulada en las venas.

El expatriado, al partir, lo deja todo marcado por sus profundos desgarros.

Cuesta inconmensurablemente emigrar, al ser una asignatura que solamente se aprende con incertidumbres, miedos, soledad y lágrimas a granel. Cada ser que sale del país –la mayoría solamente con lo puesto– va cubierto por subterráneos requiebros que no le abandonarán nunca, y esa travesía efervescente comprime con la dura solidez de una roca.

Todo exiliado forzoso termina siendo de ninguna parte. Se halla tajantemente dividido “entre dos orillas”: Su tierra de nacencia y el pedazo de frontera que consigue encontrar.

En medio de este sudario, los compatriotas que se han quedado en el lar materno, conservan aún el ansia de que un cambio de timón político en el país enderezaría la barcaza que trasporta las turbulencias de la nación, mientras agarrados a esa chalupa, siguen a flote aunque tenga las entrañas rasgadas y un sudor frío frente a un turbulento cauce imposible de cruzar.

Mientras, los miles de venezolanos expatriados que ahora circundan en cada uno de los rincones del continente latinoamericano y las costas de Europa, dirán al unísono con palabras jadeantes: “El año que viene retornaremos a nuestra heredad”. Una ensoñación que el viento de las dificultades se encargará –el cielo protector no lo permita– de hacer cada día más lejana.

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