jueves, 14 de noviembre del 2019

La silicona, el otro petróleo venezolano

4:07 pm
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Cada seis minutos alguien se somete a una cirugía plástica en Venezuela y alimenta la obsesión por la belleza física. Esto en un país con una crisis galopante pero en el que miles de personas están dispuestas a gastar lo poco que tienen para verse más atractivas.

Venezuela cerró 2018 con cerca de 200 millones de dólares gastados en cirugías plásticas, unos números bajos en comparación con años anteriores.

Cada uno de los casi 700 cirujanos activos en el país realiza unas 10 operaciones al mes, lo que suma unas 84.000 intervenciones al año durante la última década, según los datos de la Sociedad Venezolana de Cirugía Plástica.

Toda la maquinaria que promueve la cirugía plástica está pensada y dirigida hacia las mujeres, que son las principales consumidoras de este mercado.

La hiperpromoción de cánones físicos, la feminización de la belleza y hasta la identidad cultural nacional, son los principales factores que las impulsan, apunta la psicóloga María Alejandra Ramírez.

«Sentirme mejor»

Movida por alguna de estas razones, la joven Génesis Bastidas cuenta que en junio gastó todos sus ahorros para aumentar la talla de su pecho. Lo que significó quedarse sin dinero para emigrar a Venezuela.

«Era para sentirme bien conmigo misma… Yo no me estoy operando para mostrar, sino para sentirme mejor», señala la mujer de 24 años de edad, que invirtió en su mamoplastia una cantidad de dinero que tardará años en reponer en el país.

En Venezuela se promueve que las mujeres tengan los senos y glúteos grandes, sean flacas y con rostros perfilados, dice Ramírez.

Familias enteras presionan a sus niñas, y no a los niños, para que luzcan de una forma determinada.

Esto crea una necesidad en miles de mujeres que no tienen determinadas características físicas y acuden a la cirugía de cambios que refuercen su autoestima.

La mujer que se adapta a determinados cánones sociales «va a ser mucho más exitosa», asegura. Sin embargo, dice que ninguna decisión de operarse es 100% propia. Casi siempre responde, en alguna medida, a la presión que ejerce la sociedad.

«La decisión tiene que ver con lo que los demás esperan de mí, con lo que yo quiero mostrar al mundo», afirma.

La fábrica de reinas

Pocas cosas caracterizan a la sociedad venezolana como su afición por los concursos de belleza.

Una vez al año, cuando se emite el Miss Venezuela, la mayoría de las miradas están puestas sobre las aspirantes a convertirse en la «mujer más bella del país», un título que se traduce en fama, poder, reconocimiento, éxito.

Aunque el afamado concurso, conocido como la fábrica de reinas, apostó este año por la «belleza diferenciada» y dejó la cirugía como algo opcional, en el propio certamen se siguen promocionando marcas de implantes mamarios y las candidatas, mayoritariamente, alteraron sus fisonomías con ayuda del bisturí.

«Todas se han operado, hasta las que dicen que no se han operado», asegura Osmel Sousa, conocido como el zar de la belleza y quien presidió el certamen durante casi 40 años y ahora dirige el Miss Uruguay y el Miss Argentina.

Para él, los concursos no evalúan la naturalidad, y alterarse el color de cabello con un tinte es tan artificial como una nariz de bisturí.

El presidente del Miss Tierra Venezuela, Julio César Cruz, cree que, dado el momento que atraviesa el país, una reina de belleza tendría que dar un «aporte» a la sociedad más allá de inspirar con su belleza.

Un negocio feroz

En un país cuya economía cayó en más de 50% en el último sexenio, el negocio de la cirugía estética se rige por unas leyes propias con abundancia de oferta y una competencia feroz.

Esta guerra se libra principalmente en las redes sociales, en las que los doctores alardean con sus trabajos, los famosos recomiendan a determinados cirujanos y pequeñas empresas ofrecen planes de ahorro o financiación para conseguir ese «sueño» de tener los senos más grandes y poder pagarlos en bajísimas cuotas mensuales.

Uno de estos centros de ahorro para cirugías plásticas, que tiene 10 años en el mercado, vende las prótesis mamarias a precios que oscilan entre los 400 y los 1.200 dólares.

Las clientes pueden ir abonando «poco a poco» hasta cancelar por completo el par de su preferencia, y este irá directo a manos del doctor que hayan escogido.

Otra compañía, en cambio, paga la cirugía a los interesados y luego va descontando mensualmente el precio de esa intervención «sin intereses».

Los responsables de este centro aseguran que han financiado 25.000 operaciones en las últimas 2 décadas.

Gracias a estos planes ofertados por diversas empresas, los venezolanos tienen la posibilidad de cumplir ese sueño, pese a los bajos sueldos que se devengan en el país, donde se requieren 50 años de salarios mínimos para costear una operación.

Expresiones como «no hay» o «no se puede», comunes en todas las áreas de la vida en la Venezuela austera, no tienen cabida en este planeta de silicona que pregona un mensaje de superación y crecimiento personal a través de las operaciones estéticas.

Turismo estético

Aunque Venezuela ha dejado de ser una opción para viajeros internacionales por la inseguridad y el deterioro de todas sus infraestructuras, miles de extranjeros continúan llegando alentados por la fama de los cirujanos.

En los últimos años, el turismo estético se ha ido llenando de venezolanos que viven en el exterior y que aprovechan unas vacaciones para reencontrarse con sus familiares y retocar sus humanidades.

Y es que, como subraya el presidente de la Svcp, Édgar Martínez, estos procedimientos quirúrgicos «siguen siendo más económicos en Venezuela», donde una mamoplastia cuesta una cuarta parte del valor que tienen estas operaciones en países como España.

Este segmento cuenta con una atmósfera propia en la que las empresas ofrecen paquetes turísticos que incluyen el paso por consultorios y quirófanos, hospedaje en lugares confortables, la alimentación que ordene el médico para el posoperatorio y hasta atención médica personalizada.

Todas estas promociones navegan por las redes sociales, el mismo mar que desde otro ángulo incita a las personas, y en el caso de Venezuela mayoritariamente a las mujeres, a verse de una forma en la que consiga más aprobación de sus seguidores.

La competencia en espacios virtuales estimula a un cúmulo de personas a someterse a cirugías plásticas para convertirse en ese alguien a quien quieren parecerse sin la seguridad de que esos cambios, y el impacto emocional que conllevan, les ayude a sentirse mejor consigo mismo. //El Nacional 

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