viernes, 29 de mayo del 2020

Madre

3:16 pm
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El pasado domingo, no sé si recordamos o celebramos dadas las circunstancias, el Día de la Madre. Lo cierto es que en las redes que todo lo saben se multiplicó el titular de algunos medios que se precian de serios: “Murió loca y sin hijos, pero dejo el Día de la Madre”.  Verdad a medias porque hay mucho más.

 

Centenares de años atrás, griegos primero, romanos después, honraban a la madre en Rea e Hilaria. Con el cristianismo se hizo a la Virgen María, consagrándose la fiesta de la Inmaculada Concepción como día para festejar a las madres.

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Ya en la segunda mitad del Siglo XVIII, pasada la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, comenzaron a reunirse grupos de madres para recordar a sus hijos víctimas del conflicto. Entre tantas activistas, destacaron Julia Ward Howe y Ann Jarvis que insistieron en realización de manifestaciones que derivaron hacia la lucha por los derechos de las mujeres y la paz. A la muerte de Jarvis, su hija Anna conmemoraba su fallecimiento cada segundo domingo de Mayo mientras adelantaba una campaña para lograr el reconocimiento oficial para ese día como de la Madre lo que finalmente logró con el presidente Wilson.

Si bien el Día de la Madre fue tomado por avispados comerciantes que hicieron de este una buena oportunidad para multiplicar sus ventas, sobran los motivos para honrar de distintas maneras a quienes hicieron posible nuestra existencia.

Volviendo a Jarvis se afirma que “estaba convencida que las madres tenían que trabajar por la paz, por el impacto de la guerra en sus esposos y sus hijos, de una manera tan centrada y clara que sus voces serian poderosas”. Yo también lo estoy.

Cuando en Venezuela algunos tocan tambores de guerra, en absoluta ignorancia de los demonios y desgracias que pueden desatar, nuestras madres pueden y deben tener un rol fundamental en garantizar la paz y que sea en paz el alcanzar un mañana distinto.

Un mañana en el cual las madres no lloren a sus hijos caídos por el hampa o marchados al extranjero en pos de un futuro incierto;  no pasando por el drama de acostar a sus pequeños con hambre o prendidos en fiebre sin un medicamento que les mejore; con harapos como ropa y los zapatos rotos; sufriendo por uno de los suyos preso por solo disentir de quienes usufructúan el poder; carentes de esperanzas ni ilusiones.

Cuando era muchacho leí  “La Madre” de Máximo Gorki. Aún recuerdo a Pelagia criando sola a su hijo Pavel –como muchas de las madres venezolanas que son padres a la vez- en medio de las estrecheces de los menos afortunados de la Rusia zarista. Pavel involucrándose en la búsqueda de una mejor vida, Pelagia temerosa al principio, solidaria después. Madre e hijo perseguidos, encarcelado Pavel, en comunión por los sueños de ambos.

De Gorki es la frase “Procura amar mientras vivas; en el mundo no se ha encontrado nada mejor”. Y qué mejor que amar, por siempre, a nuestra Madre dondequiera que esté.

Por: Luis Eduardo Martínez 

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