miércoles, 01 de abril del 2020

Mamá

11:46 am
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El pasado domingo mi hermana Yelitza me llamó entre sollozos para darme la mala nueva: Mamá había fallecido minutos atrás en Maracay.

Fue una mujer de avanzada; trabajó desde muy joven cuando lo acostumbrado era quedarse en el hogar cumpliendo con lo que alguna vez leí en un documento oficial se definía como “oficios propios del género”. Primero fue Maestra y después hasta jubilarse Secretaria en la Escuela de Aviación Militar de lo cual se sentía muy orgullosa.

Era puntual, organizada, responsable y quisquillosa. Acumuló reconocimientos y condecoraciones; en casa ocupaban un lugar especial la Orden del Mérito al Trabajo y la Cruz de la Fuerza Aérea. Nunca faltó a su oficina y se ufanaba de ser la mejor Secretaria de la Escuela. Alguna vez me dijo: “Hijo no importa a lo que usted se dedique, lo que importa es que le guste y que siempre sea el primero en lo que haga”.

Era también muy coqueta y cuidadosa en su apariencia, a veces demasiado. Cuando empezaron a entrevistarme en la televisión no se perdía una aparición mía pero más importancia le daba a mi corbata que a lo que afirmaba: “esa mujer tuya –se regodeaba refiriéndose a Larissa- sí sabe vestirte”.

Fue copeyana y una gran admiradora de Rafael Caldera –cuando este apadrinó a nuestra hija Isabel no cabía en sí de alegría- pero ante mi activismo adeco terminó rindiéndose y se hizo militante del “Partido del Pueblo” y entonces sumó a Carlos Andrés Pérez y a Luis Alfaro Ucero a sus afectos.

Nos dio mucho cariño pero también unas cuantas palizas; era una experta en el manejo de la correa que usaba con implacable eficiencia: una mala nota, una grosería, un desobedecer de su mando –“el que no le guste mi gobierno que se asile” de sus frases preferidas- eran rigurosamente castigados en procura de enmienda.

Con su amor y su carácter nos forjó. Hija de doméstica –mi abuela Pancha a quien yo idolatraba, lo fue por algún tiempo-, se empeñó en que sus muchachos estudiaran porque tenía la convicción que estudiando echaríamos pa’lante y entre sus grandes satisfacciones contaba la que sus tres hijos nos convertimos en profesionales como después lo han sido sus nietos.

Mamá nació en plena dictadura gomecista y vio morir a su tío Adolfo tuberculoso después de meses en prisión por el solo delito de hablar mal del tirano. Era adolescente cuando las dictablandas de López Contreras y Medina Angarita y entre sus recuerdos atesoraba una foto con Don Rómulo Gallegos en una visita al Cuartel Páez del que fue Madrina. En el régimen de Pérez Jiménez sufrió de unos cuantos sobresaltos, el más grande fue el 1 de Enero de 1958 cuando el alzamiento de la Aviación Militar con varios de sus mejores amigos a la cabeza entre ellos mi padrino el Teniente Coronel Néstor Rodríguez, Martin Parada y el comandante del ejército, Hugo Trejo.

Nunca le gustó Chávez y mientras pudo no se perdió una marcha ni una protesta opositora. Caminaba, coreaba, agitaba y siempre estuvo presta a sumarse a cualquier iniciativa contra el régimen.

La muerte de mi Mamá me duele, si bien agradezco a Dios la larga vida que le dio, pero sí lamento que por poco no cumplió 91 años y supo del rescate de la democracia en Venezuela que pronto será.

Por: Luis Eduardo Martínez Higaldo

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