sábado, 28 de marzo del 2020

Mirar al horizonte

6:52 pm
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Por : Ricardo Gil Otaiza

La sensación de placidez que se siente cuando un estudiante se acerca a nosotros, luego de una larga jornada del día viernes alrededor del mediodía (o por la tarde), y con los ojos arrobados de dicha nos felicita y nos expresa también con voz entrecortada que le gustó mucho nuestra clase, y que lo hemos estimulado a seguir el camino de la docencia universitaria y de la investigación, para llegar algún día ser como nosotros, es indescriptible. Guao, queridos amigos (e independientemente que sea un desatino de su parte), no hay mejor paga para nuestros denodados esfuerzos diarios en medio del maremagno de la vida, que estas sencillas palabras. No hay felicidad mayor en medio de la aridez de las aulas, de los laboratorios y de los pasillos universitarios. ¿Acaso no les pasó a muchos de ustedes esto alguna vez?

Ser docente universitario va más allá de su propia denominación, para perderse en los territorios de la fábula, del ensueño, y hasta de la magia. Si no, ¿díganme ustedes qué es lo que hacen (o hacemos, los que seguimos trajinando a plenitud la docencia y la investigación) los profesores hoy para cumplir con los objetivos planteados en nuestras cátedras, en medio de la espantosa tormenta que azota a la Venezuela de hoy? Magia en el sentido lato, o tal vez malabarismos, para ser menos excéntricos, o de repente fábula y adivinación, para intentar construir en nuestras mentes, primero, y luego en las de nuestros muchachos, el país anhelado, y que todos lo creamos a pies juntillas como una portentosa realidad. Como diría el gran escritor peruano Mario Vargas Llosa: “la verdad de las mentiras”. Pero es, mis amigos, el paraíso perdido. No obstante, hay que decirlo también, todos cargamos de manera atávica sobre nuestras conciencias la sensación de no-completitud, de la falta de un “algo” indescifrable y a veces terrible, por lo doloroso que resulta su aceptación. Para expresarlo con palabras del escritor Marcel Proust: “No hay paraíso hasta que se ha perdido”. Tal sentencia llega a mi mente con devastadora fuerza cuando veo al país y a la universidad de hoy.
Recibir palabras de reconocimiento de parte de tus estudiantes es un renacer en el ocaso. Es consolidar en nuestro propio sistema de creencias (muchas veces impregnado de subjetividad) la certeza de que valió la pena el esfuerzo realizado durante décadas. Es azuzar en quien las recibe (o en algunos, para no generalizar) el extraño morbo del ego (es decir, “el punto de contacto de una persona con el mundo”, que lo lleva a exclamar (en voz baja; siempre en voz baja para no delatarse en su interioridad): “ya tardaban en dármelas”. Es activar en quien las recibe el espíritu juvenil, cuando gozosos, con la vida por delante, solíamos echar andar la imaginación por los caminos del emprendimiento, de la acción, de la vitalidad hecha obra y realizaciones. Es, según la cultura hindú, volver a sentir en pleno chacra del Plexo Solar (en donde yacen algunas importantes vísceras y que solemos nombrar como la boca del estómago) el cosquilleo propio de los grandes acontecimientos por venir. Es reflexionar con la pose de El Pensador de Rodin, en torno al paso de los años, y las enseñanzas que nos ha dejado (en caso de haberlas, claro está), y que nos han hecho crecer como personas. Es otear (en plena crisis histórica) el ramalazo de la esperanza de que quizá no todo esté perdido, y que no todo es malo, perverso y cruel, sino que también podemos anhelar un nuevo amanecer. Es mirar al horizonte con la frente muy en alto, y creerse capaz de acometer nuevas empresas y nuevos derroteros. Es sentir que estamos vivos. Así de simple.

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