miércoles, 19 de junio del 2019

Desgaste

4:23 pm
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Por: Teódulo López Meléndez

La obra humana se desgasta como los cuerpos lo hacen al paso del tiempo. La vida de un hombre puede resultar en extensión insignificante frente a la duración de los procesos históricos, aunque hay procesos que no llegan a la vida de un hombre. Las civilizaciones y su manifestación imperial están entre los primeros, los sistemas políticos oscilan entre uno y otro, especialmente entre los últimos los gobiernos concretos.

Las concepciones que dieron origen a las bases del sistema democrático han permanecido inalteradas más allá de lo conveniente. La organización política que conocemos se deshace empujada hacia el closet por un cansancio obvio y manifiesto y por las exigencias propias de un cuerpo que necesita estructurarse con nuevos ingredientes.
En el caso de este preciado sistema político llamado democracia el óxido se ha amontonado hasta el punto de formar palancas que trancan el accionar de las ruedas con la consecuente usurpación a la gente y el enquistamiento de una clase usufructuaria. Elecciones para crear electores en lugar de ciudadanos. Representación para crear representantes en lugar de instrumentos de consulta.
Se envejecen las políticas sociales asistenciales, aunque en algunas partes brota la inteligencia que procura encontrar a las comunidades como protagonistas. Se modifican ellas también en el plano de la política internacional, al tiempo que se muestra como esos mecanismos desfallecen y se asoma la necesidad de cambiar sus destinatarios. Se envejecen los viejos conceptos geopolíticos y el mundo se da cuenta que después de la bipolaridad de la Guerra Fría no asistiremos a una unipolaridad dominante sino a una asociación con los poderes emergentes que más asemeja a una apolaridad que a una multipolaridad.
Se envejecen las construcciones humanas. Es de Perogrullo recordarlo, pero quizás como pocas veces antes hay una tal repetición de comportamientos, un empeño en resolver con los viejos métodos y una persistencia en aferrarse a los marchitos, que no cabe más remedio que repetirlo: el mundo tal como lo conocimos está agotado. Frente a nuestros ojos surge uno nuevo que requiere de imaginación y de inteligencia para que tenga un nacimiento normal y para que el feto no presente deformaciones.
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