lunes, 26 de agosto del 2019

Pasta ‘e dientes por casabe

9:51 am
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Conocí a Cupira recién cumplidos 17 años. Viajaba en carrito desde Caracas a Maturín para inscribirme en la Universidad cuando después de muchas horas de carretera nos detuvimos a poner gasolina y  a “cambiar el agua al pajarito”, en palabras del conductor que no paró de hablar desde que salimos del Nuevo Circo.

Poco es distinto desde entonces: las mismas calles polvorientas castigadas por el sol, las mismas mesas cubiertas de tortas de casabe y naiboa, idénticos rostros sudorosos de gente buena que enfrenta el día a día entre chistes y chismorreos, la misma alcabala con los hijos de los guardias de antes más pendientes de redondearse la arepa que de otras cosa, la misma estación con PDVSA de logo en lugar de Shell y seguramente los mismos policías acostados, el mismo hotel sin concluir levantado cuando se promocionaba a Cupira como destino turístico muy cerca de los ventorrillos de empanadas y fritangas buenas para el viajero hambriento, malas para el colesterol. Quizás lo único nuevo es el puente sobre el río que después de un quinquenio de provisionalidad reemplazó al anterior caído.

Hubo un tiempo que sobre las mesas y a los costados exhibían pacas de harina pan, aceites, arroz, espaguetis, azúcar y hasta detergentes. Por esos misterios del mercadeo en la Venezuela de la escasez, los habitantes de Cupira se convirtieron en referentes para los viajeros a Oriente que hacían abasto allí hasta que alguien más vivo les tumbó el negocio.

Hoy sobreviven otra vez con casabe y naiboa y de vez en cuando cambures, plátanos o algunas verduras. Solo algo salta a la vista por diferente: vistosos carteles proclaman a cuantos pasamos “Hacemos trueque, aceptamos $”.

El “Se aceptan $” se anuncia hasta artísticamente con los billetes verdes dibujados con esmero en una demostración cierta de dolarización de facto a la par del trueque que los griegos dejaron de usar al inventar la moneda en el tan lejano siglo VII antes de Cristo.

“¿Y con soberanos no te puedo pagar?” pregunto a un lugareño después de hablar mal del gobierno un buen rato. “Será pero por aquí ya no se ven ni pa’ remedio” responde presto. “Ni con punto que tenemos algunos porque lo que es señal y luz casi nunca hay” agrega.

Haciéndome el que no sé interrogo de nuevo: “si es trueque ¿cómo resolvemos?”. “De más de fácil –precisa- enséneme lo que tenga y yo le digo pa’ que le alcanza. Pa’ que me entienda esta torta de casabe se la puedo cambiar por una pasta e’ dientes, estas naiboas por una harina pan, este racimo e’ plátanos por un arroz”.

El economista español Alonso Ruiz calificó al trueque como “recurso de penuria” mientras que García Diez, en un trabajo sobre este medio de intercambio, explica que en los últimos siglos se ha recurrido a él en épocas de grandes crisis y que ha sido utilizado en regiones en guerra.

Si los “alumbrones” –porque ya no se va la luz sino que viene-, la falta de agua, gas, efectivo, medicamentos, alimentos más tanto que mencionar no son suficientes para convencer a los del régimen de la crisis generalizada que padecemos, la popularización del trueque habla por sí sola de cuan mal estamos.

Por: Luis Eduardo Martínez Hidalgo

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