lunes, 21 de octubre del 2019

¿Qué extrañar de Venezuela?

5:22 pm
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“Una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esta ciudad infernad”, dijo Gabriel García Márquez cuando en medio de su regocijo recordaba a Caracas en 1982.

Así como aquel lamento invadió en su momento al maestro García Márquez, hoy llena de nostalgia y frustración las mentes y corazones de los más de 4,6 millones de venezolanos (Según cifras de la OEA) que caminan sobre un suelo que por mucha estabilidad económica nunca será Venezuela.

Daniel Pardo, corresponsal de BBC, que tuvo, como muchos profesionales, que dejar está cálida tierra que lo acogió durante tres años, habla sobre la gente más feliz del mundo, quienes en medio de jocosas bromas se encuentran en una cola kilométrica frente a un supermercado o soltando lágrimas en un hospital insalubre y sin insumos.

En esta tierra caribeña los desconocidos se alían contra las fuerzas gubernamentales y los burócratas, meseros y choferes que se creen con el poder de amedrentar a cualquiera. Un alma jocosa y  una sonrisa contagiosa es lo que caracteriza al venezolano, haciéndolo capaz de transformar cualquier desgracia en un festín de risas ¿Cómo no extrañar eso en un país donde nadie te sonríe en la calle?

Venezuela, el país más rico del mundo, en 2019 tiene una hiperinflación que aterra a los economistas, una crisis que alarma a la comunidad internacional y prácticamente la calidad de vida ha desaparecido.

En menos de 10 meses se vivieron dos apagones que duraron días y eso en vez de doblegar a los venezolanos los hizo más solidarios, así que, por muy mala que haya sido la estadía de Daniel Pardo en Venezuela, a quien se le fue la luz más de 11 veces y fue a la cárcel en dos oportunidades, los recuerdos felices son más que aquellos que prefiere olvidar.

Viviendo aquí cualquier extranjero se contagia de la esencia del venezolano, quien vive en el limbo entre la felicidad y la infelicidad, y a pesar de eso pone buena cara ante el mal tiempo mientras dice “poco a se llega lejos” o “esto es lo que hay”.

Evidentemente nadie extrañaría la ineficiencia de un sistema que te lleva a buscar “atajos” para sacar la cédula o comprar barato, ni las faltas de respeto de meseros y policías.

Los periodistas están felices de olvidar las veces que los órganos públicos les cerraron la puerta en la cara o las mentiras del chavismo.

Por otra parte, los amaneceres brumosos que venían acompañados del vuelo de las guacamayas permanecerá en la mente de cualquier caraqueño así como el clima insólito de Maturín causará risas a los monaguenses.

El “flaca bella” o “papito” de los vendedores ambulantes que te sacan una carcajada a mitad de la calle. Las reuniones en familia en el porche de la casa cada tarde, el café aunque ya no tenga leche y los panes dulces aunque ya no los acompañe una Coca-cola.

Cualquier chocolate, procesado o artesanal porque como dicen los expertos: aquí está el mejor cacao del mundo. El olor del ron en cualquier otro país no es el mismo que en Venezuela, donde la esencia del Carupano te traslada a las más hermosas playas caribeñas.

Hablar de la Venezuela de hoy es pensar en escasez, inflación, delincuencia y gente “sobreviviendo”, pero más allá de los cínicos, corruptos y malandros también está la sonrisa del recolector de basura y el coqueteo de los vendedores ambulantes: ese calor humano que tanto extrañan los miles de venezolanos que han huido de su país.

En Venezuela todo es cultura y la palabra “élite” es un mito así como el clasismo porque nadie excluye a nadie: aquí, el chofer es confidente del jefe y la empleada de servicio el pilar de las familias. Por encima del sueldo, la vestimenta y los modales hay un saludo, aquí todos se llaman “primo” y “hermano”. Un mototaxista es como diputado al que debes llamar de “usted”.

Aquí la impuntualidad es permitida pues todos viven en un raro estado de paciencia, llamado tolerancia. Quizás, el no tomarse nada en serio es lo que tiene al país en el fango pero también en un constante regocijo, lo que significa que  no hay preocupación que arregle los problemas.

Viviendo en Venezuela, el país rico más pobre del mundo, se aprende que ser feliz es gratis aunque la arepa este cara.

Con información de BBC Mundo.

Por Elly Hernández


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